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López
Obra-
dor
ha
Olvida-
do

Andrés Manuel López Obrador en una de sus asambleas
en el Zócalo.
Al fondo resalta Martí Batres Guadarrama, destacado integrante
de su círculo más cercano y serio aspirante a secretario
de gobierno del DF bajo la jefatura de Marcelo Ebrard.
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Bienvenidos a una
edición más de expresANDO. En esta ocasión,
y a propósito de la lectura de un interesante texto sobre
la obra de Paulo Freire, tengo a bien desarrollar algunas ideas
en torno a Andrés Manuel López Obrador, otrora candidato
de la alianza partidaria “Por el bien de todos” y
hoy en día presidente legítimo de México.
Lo primero que hay que aclarar es que lo que menos me interesa
es expresar un juicio moral maniqueo en el que uno es el bueno,
los demás los malos y el resto unos tristes ceros a la
izquierda. Para eso, me parece, ya se ha escrito, escuchado y
visto bastante. Bajo la mascarada de “unidad y paz”
unos pretenden reducir el apoyo de a los ceros a la izquierda
a los agitadores que no creen. Bajo la premisa de “fraude
e imposición” los otros pretenden concienciar a los
ceros a la izquierda y cerrar el paso a los dueños del
poder que siguen haciendo su voluntad.
Indudablemente no todo puede verse en blanco y negro. Hacer un
análisis es imperante, sobre todo si esos ceros a la izquierda
que somos –porque es como ambos bandos nos quieren ver-
sentimos la impostergable necesidad de pensar, decidir y proponer
por nosotros mismos.
Me centraré en López Obrador por lo importante
que es en este momento, por el afán de seguir siendo noticia
y por lo innovador que ha resultado ser para el desvencijado sistema
político mexicano. Lo primero que hay que decir es que
desde el segundo periodo de su mandato como jefe de gobierno del
DF, López Obrador ha sido todo un reto para la clase política
en general –clase a la que él mismo pertenece y no
ha dejado de pertenecer-, su constante coqueteo con ciertas formas
que algunos llaman violentas y del pasado, le representa a esta
exclusiva clase un pasado que necesita erradicar y, a la vez,
un futuro que requiere ejercer. El llamado Peje personifica,
pues, una especie de vértigo para la clase poderosa.
Digo que López Obrador forma parte y no ha dejado de ser
parte de la familia política porque es un referente para
miles de personas, porque los medios lo siguen y porque la compleja
red de relaciones que ha tendido y tiende, le valen ser una especie
de centro neurálgico cuyas decisiones necesariamente impactarán
en el estado del país y de la clase misma. A cualquier
declaración lopezobradorista sigue una andanada de declaraciones
de sus colegas y compañeros de clase, casi siempre acompañada
de un implacable juicio moral. Desde su coqueteo con las viejas
formas y hasta en la clara oposición al estado de derecho
no es alguien que simplemente pase desapercibido.
Desde esa extraña, pero cómoda posición
para él, en la que plantea ilegalmente, pero legítimamente
–dice él- la reforma de un Estado que cada día
duda más de sí mismo, López Obrador pretende
ser una especie de sabio líder que retoma las demandas
más sentidas de la mayoría de la población
–no hay que olvidar que más del 50% de los mexicanos
viven en pobreza y pobreza extrema. Es esto, precisamente lo que
produce tantas dudas sobre la finalidad del señor López.
Como ese hijo desobediente de la familia gobernante, López
Obrador se ve como el hijo berrinchudo que no rompe definitivamente
con sus padres, pero que tampoco se constriñe a observar
la moral familiar para ganar sus afectos y favores. Su apuesta
es, quizá, utilizar la fuerza de los excluidos para modificar
la moral y la estructura de los suyos, aun cuando él mismo
no tenga la certeza absoluta que ello sea posible utilizando las
vías que su misma familia ha creado.
El abortado desafuero y su postulación como candidato
en las votaciones del 2 de julio, evidenciaron que el joven Andrés
Manuel seguiría la vía moral, ratificando así
sus pertenencias de clase, sin embargo, una vez que ello no dio
los resultados que esperaba, prefirió convertirse en el
niño que al perder tira el tablero. El botón de
muestra es el bloqueo de Reforma y su nombramiento como legítimo.
Indudablemente hay quienes dicen que debe aceptar su derrota
y esperar pacientemente una siguiente oportunidad. En el mismo
sentido, hay quienes dicen que debe levantarse definitivamente
de la mesa y pensar seriamente en una forma muy distinta de instalarse
en el poder. Sin embargo, López Obrador para estar perdido
en el impasse de la indefinición y eso, me parece,
es lo que le vale tantas dudas, no ha sabido ejercer un liderazgo
fundamentado en principios claros, sino que su ambivalencia le
vale un extraño tono de misterio y hasta de abierta futurología
sobre sus inciertas acciones. Me atrevo a pensar que siente una
extraña fascinación por las especulaciones acerca
de su persona.
Escarbando un poco en la historia reciente del ex-jefe de gobierno,
recuerdo con bastante claridad las conferencias mañaneras.
El tino de López Obrador de llamar a conferencias de prensa
todas las mañanas fue verdaderamente genial. Desde ahí
se marcaba la agenda noticiosa del día, se establecían
las prioridades noticiosas y se procuraba un espacio bastante
importante en los medios –he ahí por lo que digo
que AMLO nunca ha dejado de ser parte de la familia política
y utilizar el poder en su propio provecho, por cierto que en alguna
de las conferencias de su primera mitad como alcalde, afirmó
categórico que no le interesaba ser candidato a la presidencia
en el 2006-. En fin, eso pasó todas las madrugadas, incluidas
las de algunos fines de semana.
En medio de estas conferencias madrugadoras, vale la pena recordar
también la cada vez más cotidiana escena que llevaba
a cabo el entonces jefe de gobierno local cuando algún
reportero le formulaba una pregunta, digamos comprometedora. Entonces
contenía cualquier respuesta y decía “lo que
diga mi dedito” mientras movía de un lado a otro
su dedo índice, como en señal de no me prestaré
a contestar.
En los actos multitudinarios y las asambleas informativas llevadas
a cabo en las tardes del mítico -¿y mágico?-
plantón del Zócalo-Reforma, hubo una especie de
reformulación de estas actitudes, López Obrador
llamaba a la multitud a tomar decisiones sobre asuntos importantes
para el movimiento. Y es en este punto en el que me gustaría
relacionar el texto que a propósito del incansable Paulo
Freire, escribe Angel Sáiz. Dice:
Y se crea una acción compleja y peligrosa: necesidad
de adhesión de las masas a la lucha para cambiar revolucionariamente
la relación y al mismo tiempo desconfianza frente a las
masas desconfiadas. Aquí es muy fácil huir de
la posición dialógica y asumir los mismos procedimientos
utilizados por la élite dominadora para oprimir. Y se
afirma “fundamentalmente” la imposibilidad del diálogo
con lo que la “conquista” de las masas se hace,
según Freire, mesiánica, manipuladora e invade
culturalmente. Pero así no se hace la revolución
o si se hace, no es verdadera revolución. (Angel Sáiz
(2003). Freire: Comunicación y filosofía.
México, UNAM, p. 74)
La interpretación de la obra de Freire es bastante certera
respecto a que no puede haber un liderazgo auténtico si
no hay diálogo. Si López Obrador aspira a ser ese
revolucionario que sienta y viva la realidad de los oprimidos,
debe comprometerse con ellos desde el diálogo. La opción
que López Obrador ha representado hasta ahora es la de
la desconfianza, la de la sospecha sobre el que no piensa como
yo. En sus aspiraciones no ha sido claro y en sus actitudes siempre
juega a su conveniencia.
Los actos multitudinarios en los que somete a la voluntad popular
resoluciones importantes, no representan la voz del pueblo, sino
las multiplicaciones de su voz propia para demostrar su poder
al resto de la familia política, quien, por lo demás
puede asustarse más de lo necesario con todo lo que eso
implica. Hasta ahora se ha tratado de una invasión cultural
que, aprovechándose de ese aún ingenuo sentimiento
de opresión, lo ha mantenido en una especie de mesías.
Vaya, López Obrador se ha valido de los mismos métodos
que sus primos opresores. Es un hecho que más de la mitad
de la población vive en condiciones francamente inmorales,
pero como clase oprimida justifica su opresión a miles
de circunstancias y en ocasiones hasta justifica su propia opresión,
pero si López Obrador busca una liberación verdadera,
sus acciones deben cambiar desde como se concibe a sí mismo
y esos oprimidos.
La liberación siempre se da en grupo, decía también
Freire, nunca de uno a muchos, ni de manera elegida. Liberémonos
liberándonos, el liderazgo revolucionario expresa su mayor
compromiso en la confianza de las masas, no en decisiones tomadas
para las masas y disfrazadas de voluntad popular en medio de una
megamanifestación.
López Obrador puede ser precisamente ese líder
revolucionario, pero puede ser un espejismo más. Afortunadamente
siempre está en nosotros la posibilidad de elegir. |
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