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Aguilar
en
Los
Pinos
o la
Banali-
dad del
Servicio
Público

El flamante vocero presidencial en una de sus conferencias mañaneras.
Las coneferencias del vocero de Fox fueron la contrapropuesta
a las de Andrés Manuel López Obrador cuando aún
era jefe de gobierno del DF y marcaba la agenda noticiosa del
día. Ciertamente la aparición del vocero cada mañana
no cambió mucho la presencia del famoso Peje en
los medios.
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Bienvenidos a esta
segunda entrega de expresANDO. Les agradezco por visitar el sitio
y por formar parte de esta comunidad.
El día domingo 26 de octubre se publicó en la sección
Dominical del diario El Universal la entrevista
realizada por José Luis Ruiz al vocero presidencial Rubén
Aguilar.
Pues bien, debo decir que desde que vi una extraña fotografía
en blanco y negro de un personaje ataviado con singular camisa
a rayas y a su derecha a otra persona cuyo rostro cubierto, ametralladora
en mano y traje militar delataban como guerrillero, me pareció
interesante. Un segundo guerrillero, sin el rostro cubierto, pero
vestido con el mismo traje miliar, en la extrema izquierda de
la fotografía, parecía completar el cuadro. Finalmente,
en la bandera de fondo, se alcanzan a distinguir las letras LN.
Los indicios aludían a un movimiento guerrillero en América
Latina. Pero si la fotografía despertó mi curiosidad,
la explicación de la derecha la hizo sobresaltarse, el
personaje a rayas era nada más que Rubén Aguilar
Valenzuela, flamante vocero presidencial de Vicente Fox.
Formado en la Compañía de Jesús, en algún
momento aspiro a abrazar el sacerdocio, la última aventura
de Rubén Aguilar es la de ser la cara del presidente frente
a los medios de comunicación. La entrevista no nos entera
de cómo el otrora vocero del Frente Farabundo Martí
de Liberación Nacional pasó no sólo de creer,
sino de defender los ideales de la guerrilla salvadoreña
y de documentar las atrocidades del Ejército regular salvadoreño
–amaestrado por el gobierno de los Estados Unidos, como
quedó evidenciado en su momento y se hizo público
después- contra el pueblo y la guerrilla misma, a ser la
voz de un gobierno surgido de un partido de derecha y ligado,
según algunas versiones periodísticas, a grupos
extremistas como El Yunque.
Aguilar, quien por algún momento nos hizo recordar al
tristemente célebre Fausto Alzati, cuando se hizo público
en los primeros meses de su gestión que no disponía
del grado académico del que se jactaba, se define a sí
mismo como socialdemócrata y dice mantener una relación
estrecha, coincidente y respetuosa con Vicente Fox, con quien
comparte la formación jesuita.
Satirizado por el famoso actor Jorge Arvizu El Tata en
la televisión, Rubén Aguilar se dice satisfecho
por su labor como vocero de Los Pinos. Su principal fuente de
satisfacción son las encuestas, pues según mencionó,
en estos estudios los mexicanos lo ven como un férreo defensor
del presidente.
Se pueden obtener muchas lecturas de la entrevista, en ese sentido
hay que agradecer la sensibilidad entrevistadora de Ruiz, pero
en especial hubo dos que me causaron, a lo menos, escalofríos.
Al a pregunta de qué piensa de la mentira y si ha mentido
en alguna ocasión como vocero presidencial, dice Aguilar:
“Jamás creo que ningún actor político,
en ninguna circunstancia, ni por razones de Estado, deba engañar
a los otros. Ni por razones de Estado de justifica la mentira.
Puede uno no decir toda la verdad, en la medida en que no se le
pregunte toda la verdad” Más adelante agrega: “Nunca
mentí, lo puedo afirmar de manera categórica, lo
he dicho una y otra vez, también es cierto que nunca dije
más allá de lo que preguntaron. Sabía muchas
cosas, pero nunca me fueron preguntadas, pero eso ya no depende
de mí, sino depende de lo que realmente puede interesar
a los medios de comunicación”.
Al margen del bandazo ideológico dado por Aguilar, quizá
sólo comparable al de Jorge Castañeda a esos niveles,
se antoja francamente inconcebible que un servidor público
de cualquier gobierno, pero aún más del llamado
gobierno del cambio, cumpla con su función a medias –como
él mismo lo declara a José Luis Ruiz-, simplemente
porque no sea exigido por parte de un tercero. Las respuestas
de Aguilar son el botón de muestra del estado que guarda
nuestra democracia o, mejor dicho, de nuestro sistema político
en general. Por un lado, contradice el deber del servidor público
y el del comunicador del gobierno y, por otro, confirma la posición
de los medios como enjuiciadores supremos y monopolizadores de
la verdad. Vaya combinación.
El idealismo de Aguilar parece haber vivido ya sus mejores días
y la practicidad parece ser ahora su mejor consejera. Otrora actuaba
por convicción, ahora sólo por algunos cientos de
miles de pesos –su salario oscila por encima de los 200
mil, según datos de la misma entrevista-. Para Aguilar
ahora ya no existe, por más que lo manifieste, el convencimiento
para servir, sino el trabajo por encargo, pues aún disponiendo
de información importante, no la hace pública porque
los medios no se lo piden. En otro tenor, es innegable que los
medios, dan la nota evidenciando las contradicciones y los múltiples
discursos que emanan del gobierno que, con todo y cortina abajo,
sigue teniendo, para su desgracia, que tomar decisiones.
Lo verdaderamente triste es que tanto Aguilar como los medios,
han olvidado el pequeño detalle de que a quien sirven son
a los ciudadanos. Por esa razón, el trabajo de Aguilar
está mucho más allá de lidiar con los medios.
Aunque no lo quiera aceptar, es un servidor público y si
conoce tanto de gobierno, debería tener presente que para
quien trabaja no es para el presidente, sino para los mexicanos.
Es francamente insultante que justifique la pobreza de su desempeño
como vocero, por la torpeza de los medios al preguntarle. Si como
Arnold Toynbee dijo, que la desaparición de la mayoría
de las civilizaciones ha sido por fallas de información,
Aguilar parece estar resignado a que la nuestra se convulsione
cada vez más fuerte hasta morir, los caso de Oaxaca, Atenco,
entre una larga lista de etcéteras más, son claro
ejemplo de este agotamiento.
Aguilar no puede responsabilizar a los medios de su mal desempeño
y ese es un problema ético, se trata de un argumento falaz.
Su banalidad es comparable, a propósito del centenario
del natalicio de Hannah Arendt, a las declaraciones de Adolf Eichmann
ante las preguntas de la fiscalía por los asesinatos masivos
perpetrados a los judíos en la segunda guerra mundial,
cuando fue miembro prominente de la Gestapo nazi. Nunca he odiado
a los judíos, yo sólo cumplí órdenes,
dijo Eichmann. Yo sé, pero no lo digo todo porque no me
lo preguntan, dijo Aguilar. Podríamos hablar ahora de la
banalidad del comunicador social, vaya chabacanez, si se me permite
el adjetivo.
Esta relación perversa, enfrasca a los detentadores del
poder y a los detentadores de la opinión pública,
en una batalla personal, privada, estéril y, por decir
lo menos, estúpida, que nada tiene que ver con el proyecto
de una democracia incluyente, abierta y mucho menos en la que
el sentir popular se manifieste en las discusiones prensa-gobierno.
Indudablemente algunos medios han privilegiado la nota espectacular
por sobre la nota de interés público y eso, todos
lo sabemos, sin embargo, no puede ser posible que tanto uno como
otro, se responsabilicen mutuamente de sus actos.
Por otra parte, la entrevista con Aguilar también deja
clara la falta de creatividad del gobierno del cambio. Y es que
en un esfuerzo por brincar a la poco profesional prensa y acercarse
al ciudadano de a pié, la respuesta del gobierno de Fox
fue la campaña de Las buenas noticias, en la que
se ha invertido cualquier cantidad de dinero para persuadir a
los mexicanos que el gobierno de Fox cumple y también hace
cosas buenas. En fin, fue peor el remedio que la enfermedad y
esta campaña fue definitiva en el neologismo aquel de Foxilandia.
Si tanta convicción hay en decir toda la verdad ¿Por
qué no invitar a ciudadanos de a pié a las conferencias
de prensa mañaneras? ¿Por qué no hay ruedas
ciudadanas con el presidente o con el mismo vocero? Quejarse de
los medios es esconder mano después de tirar la piedra.
A todo esto ¿dónde queda el ciudadano? Indudablemente
debería ser el que más interese a ambas partes,
sin embargo, es el más olvidado. En medio del fuego cruzado
entre unos y otros, el derecho a recibir información veraz
y oportuna es el que se ve rebajado y hasta impedido. Sin caer
en maniqueísmos y señalamientos superficiales, se
puede afirmar que los medios por intereses económicos –los
más socorridos y en donde por cierto ellos y gobierno se
hacen uno, baste recordar la Ley Televisa-, ideológicos,
comerciales, entre otros, están en posibilidad de seleccionar
y matizar el tratamiento noticioso que, por lo demás, es
imprescindible en cualquier democracia. Incentivar la formación
de más opciones es tarea no sólo del gobierno, sino
del Estado en su conjunto. Pero el gobierno tiene la obligación
de informar, no sólo a los medios, sino a la sociedad en
su conjunto, pues una cosa es que los medios constituyan un vehículo
para informar al ciudadano y otra que sean la única forma
de hacerlo. Quizá habría que decírselo no
sólo al vocero, sino a todo el gobierno.
Por eso resulta paradójico que Aguilar se queje de las
poco importantes preguntas de los reporteros, cuando desde el
gobierno se aprobó y consintió a la Ley Televisa
que privilegia aún más al poder mediático
por sobre el mismo gubernamental. La perversa relación
entre prensa y gobierno no va a terminar en tanto uno de ambos,
o ambos, asuman con toda responsabilidad el papel que le corresponde,
pues así como están, lo afirmado por Aguilar no
es sino un elogio a sí mismo y al trabajo de los medios.
Un gobierno mediocre requiere de una prensa mediocre y viceversa,
se trata de una relación codependiente. La pregunta es
quién dará el primer paso hacia la verdadera mejora
por servir a quien paga su salario y le confirió esa responsabilidad.
El problema de seguir así, es que la exigencia popular
puede ser bastante violenta.
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