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Javier

Vilchis:

Un
Humanista
en el
Tec

 

 

 


Foto de In Memoriam: Javier Vilchis. Un Humanista en el Tec.

En la mesa, de derecha a izquierda, Rafael García, Miguel Martínez, la Sra. Violeta González (esposa de Javier), Juan Cruz y Alejandro Ocampo.

 

 

En esta primer entrega de expresando, espacio que pretendo renovar cada semana y en el que se abordarán temas de actualidad, quiero comenzar con la reflexión de un evento que viví hace algunos días y que me hizo experimentar un sentimiento agridulce. El 27 de septiembre de 1946 nació en la Ciudad de México Francisco Javier Vilchis Peñalosa. Niño juguetón, travieso, activo, profundamente imaginativo, así como cariñoso con sus padres y hermanos.

La infancia y adolescencia de Javier –el Francisco nunca le gustó-, transcurrió con normalidad, sin embargo, ya hacia los veinte años, se topó con el problema de elección de carrera y desvelamiento de su vocación. Este problema, sin duda tan complicado, pero en ocasiones tratado tan superficialmente, sumió a Javier en una profunda desesperación. Como buen joven de los sesenta, le fascinaba el cine, le gustaban los medios y le apasionaba literatura. Como buen joven de los sesenta, también, no pudo sino ser contemporáneo de sus contemporáneos; siguió con atención los movimientos estudiantiles, escuchó con atención las canciones de Bob Dylan, los Beatles, Pink Floyd y los Doors; leía a Marx, pero también el teatro del absurdo de Sartre. Mientras resolvía su problemática existencial decidió viajar, conoció Europa, también estuvo en algún momento en los Estados Unidos. Finalmente se decidió por estudiar cine, pero disintió pacíficamente con los marxistas ortodoxos que en aquel momento de efervescencia política y social habían tomado la universidad pública como centro neurálgico, así que decidió incursionar en la televisión. Trabajo algún tiempo en una importante empresa televisiva, pero tampoco le satisfizo la hipocresía de la ventana electrónica, así que su problema seguía.

Poco después, se dio cuenta que lo que buscaba no era otra cosa que a él mismo. El que entraran en conflicto su vocación con un socialmente bien visto porvenir exitoso, reveló su intención de no guiarse sólo por lo ajeno a él, sino que decidió incursionar en el conocimiento de sí para poder liberarse de ese conflicto. En medio de ese doloroso despertar, su itinerario existencial lo llevó a estudiar filosofía. Pues bien, fue justamente aquí donde Javier se encontró a sí mismo, entendió su humanidad y, no conforme con ello, extendió su reflexiva mirada sobre el hombre, que él concebía como persona.

Para entonces la suerte estaba echada, Javier se volvería filósofo, continuaría buscando satisfacer su aristotélica necesidad de saber y alcanzaría con ello el grado de doctor. Para esto, encontraría a la mujer de su vida y se enamoraría profundamente. Fruto de ese amor que llegaría al matrimonio, nacerían tres niños, hijos de Violeta y Javier.

A la par, después de impartir clase en algunas escuelas y ser profesor itinerante, en buena medida debido a lo incomprendido de la filosofía, Javier se establecería definitivamente en el Tecnológico de Monterrey Unidad Estado de México. En el Tec, Javier fungiría como profesor de la preparatoria, después de profesional y de posgrado, también sería el responsable de la oficina de ayuda a los alumnos con bajo rendimiento académico.

Javier se casó con Violeta, pero también con el Tec, casi 25 años de su vida transcurrirían entre su lugar de residencia y el Tec. Y así como advierten en el altar, sólo la muerte pudo separarlos. Víctima de un cáncer que lo afecto terriblemente desde febrero, Javier murió el 7 de julio de este año.

El 27 de septiembre, día en el habríamos celebrado su cumpleaños 60, decidimos recordar su natalicio. El Tec, su Tec, fue el marco donde profesores, alumnos, familiares y amigos, nos dimos cita para reflexionar en torno a su obra y recordarlo solemnemente. Gabriela Olivero, exalumna de Relaciones Internacionales y de Javier, llevó a cabo una semblanza fotográfica acompañada de frases significativas de sus textos y musicalizadas con uno de sus cantantes y grupo favoritos: Pink Floyd y Bob Dylan. Gaby, quien dejó de dormir algunas noches por realizar ese trabajo, es el mejor ejemplo de lo mucho que Javier quiso a todos quienes tuvimos la oportunidad de ser sus alumnos y sus amigos.

En ese evento se dieron cita, por parte de la familia de Javier, su madre –una señora verdaderamente extraordinaria-, sus hermanos, su esposa y sus tres hijos. Estuvieron también sus amigos, un profesor suyo de la carrera, algunos alumnos, profesores del Tec, así como cinco personas que tuvimos un contacto muy cercano con él y tomamos la responsabilidad de organizar este encuentro: el maestro Juan Cruz, director de departamento de Estudios Sociales y Relaciones Internacionales del Tec Campus Estado de México; el maestro Miguel Martínez; profesor del Tec mucho tiempo y ahora de la Universidad Anáhuac y amigo personal de Javier; el maestro Rafael García, quien ocupa un importante puesto en la división de humanidades de la Universidad Anáhuac y fue –y seguirá siéndolo- alumno de Javier y este que les escribe, Alejandro Ocampo.

Cada uno de los integrantes de la mesa, Juan, Miguel, Rafael y este que leen, dedicamos unos minutos a analizar las obras de Javier. Juan, quien fue su jefe, nos recordó lo importante que es tener un sabio y prudente crítico dentro de las filas de cualquier organización y más en una de carácter académico. Miguel se centró sobre la obra pedagógica de Javier, expresada sobre todo en su primer libro Persona, educación y destino. Un servidor hizo un análisis de los textos de Javier en Razón y Palabra –documentados ya en el apartado de Recomendaciones de esta quincena-, en los que Javier se revela como un agudo crítico de su realidad y de su etapa histórica. Pero si hasta el momento el ambiente había sido un tanto triste y reservado, sería Rafael quien nos hiciera esbozar una sonrisa y despertarnos un enorme interés cuando nos comentó que Javier sí terminó de escribir su segundo libro y que ese segundo libro estará muy pronto disponible. Aún en imprenta, Rafa nos dijo que de este segundo libro, Javier alcanzó incluso a escoger la portada en sus últimos días. Obviamente quedó complacido y, lo sé de cierto, tranquilo por ese libro que tanto había añorado y que al fin veía concluido. En cuanto a producción intelectual, no dejó pendientes.

En un rico ejercicio de comunicación, Juan solicitó a los presentes compartirnos sus pensamientos en torno a nuestro entrañable maestro. Participaron profesores, amigos, hermanos, alumnos, compañeros, se sucedieron uno tras otro para recordar lo definitiva que había sido la experiencia de conocer a Javier. Su autenticidad, generosidad y bondad quedaron de manifiesto en, cada intervención, cada comentario, cada anécdota y cada palabra de todos los que decidieron hacernos partícipes de ese pedazo de vida que coincidió con la de él.

Como punto y aparte, hubo dos aspectos de los que me gustaría dejar testimonio, si es que alguien quiere tomarse la molestia de ser consciente de ello. El primero es la valentía y sinceridad con las que Mariana, su hija, nos dirigió un mensaje. Será difícil olvidar ese “Mi papá siempre estará conmigo, porque él me lo prometió y él siempre cumple sus promesas. Sé que mi papá está aquí porque es como el viento, no lo veo, pero lo siento”. El otro fue las hermosas palabras de su madre, quien según sé no es afecta a hablar en público, pero que a pesar de su profunda tristeza nos manifestó su enorme orgullo por su hijo, que tanto había hecho y tanto había dejado. Para ellas mi más sincero reconocimiento y mi admiración.

Así pues, en esta primera entrega, quiero celebrar no a Javier, sino a su legado. Ese legado que representa la obra de 60 años de una persona más, pero que fue diferente a las otras. Y es que la enseñanza más grande de Javier, no está en sus textos, tampoco en sus reflexiones, sino en su vida. Javier fue un ejemplo viviente de congruencia, de amor y dedicación. Si bien sus reflexiones nos sitúan en el problema más importante del hombre: la elección de sí mismo, está claro que la admiración que sentimos hacía él está más allá de su obra. Lo admiramos porque como ser humano fue excepcional y estoy seguro que lo mismo hubiera sido si Javier hubiera sido médico o ingeniero –como su padre-, porque lo que dejamos aquí es la responsabilidad de nuestro ejemplo y eso es algo que sólo puede comprometernos no sólo a nosotros, sino a los que nos rodean con ellos mismos y con las demás personas. Por eso Javier fue maestro, en vida y en obra.

Salud, Javier.

 

 

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