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¿Educar

o sólo

Escola-

rizar? El

Dilema

es un

compro-

miso

Ético

 


El magistrado Fernando Ojesto Martínez Porcayo. Según una breve semblanza curricular: Nació el 14 de marzo de 1955. Es Doctor en Derecho egresado de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México cuya tesis doctoral se titula: "Evolución y Perspectiva del Derecho Electoral Mexicano. La Justicia Electoral" (1998, 740 p.). Recibió el grado de Maestro en Administración Pública y Políticas Públicas en la London School of Economics and Political Science de Londres, Inglaterra. Desde el año de 1981, es catedrático de la Facultad de Derecho y del doctorado en derecho de la UNAM.
Especialista en Derecho Económico y Filosofía del Derecho. Se le considera un experto en temas de derecho electoral y justicia electoral, con más de 20 años de experiencia en el contencioso electoral mexicano (Con información de Goverment & Public Relations Online y de la Biblioteca Central de la UNAM).

 

Bienvenidos a la edición de julio de ExpresANDO. Espero que el verano les esté sentando bien y, además de descansar, relajarse y disfrutar con sus seres queridos, también puedan aprovechar este tiempo para reflexionar sobre su vida en particular y sobre nuestras vidas en comunidad.

A propósito de ello, y sin pretender convertirme en apologeta de Lorenzo Meyer, nuevamente una Agenda Ciudadana me da pié para platicar sobre una preocupación que mantengo desde hace algún tiempo y que lo he reflejado en nada menos que mi tesis doctoral. Como ya he platicado largo y tendidamente mi afición a la columna del académico del Colmex, pasaré por alto los porqués.

El 28 de junio se publicó en Reforma: “México y su ‘gente de razón’”. En dicho texto, Lorenzo Meyer a propósito de unas declaraciones muy desafortunadas y tristes por parte de un supermagistrado electoral, concluye lo lejos que se encuentran los funcionarios –mejor dicho, la oligarquía- del pueblo y de los ciudadanos mexicanos, a quienes se les responsabiliza de todo lo que le sucede a este país debido a su estupidez galopante:

El pasado 20 de junio, en unas jornadas de "reflexión y análisis" en torno a la reforma electoral, [José Fernando] Ojesto [magistrado electoral entre el 2000 y 2004] señaló que si alguien está bajo sospecha como resultado del pasado proceso electoral, no es el tan criticado Instituto Federal Electoral sino: "la calidad cultural del pueblo de México, con lo doloroso que es esto. No sabe leer, no sabe escribir y menos sumar". Y ya encarrilado, el ex magistrado aumentó la lista de carencias cívicas del pueblo mexicano, aunque al hacerlo ya se incluyó, pues usó del plural al afirmar: "...tampoco tenemos idea de lo que es la democracia. No tenemos los valores cívicos suficientes. No sabemos tolerar, no sabemos respetar a las minorías, al contrincante. No tenemos respeto por la propiedad..." (La Jornada, 21 de junio) (Meyer, L., “México y su ‘gente de razón’”, Agenda Ciudadana. Reforma, 28 de junio de 2007).

Más allá de condenar a tan ilustrado personaje y aceptando sin conceder su perspicaz diagnóstico, pasemos a analizar sus palabras. Primero: no sabemos leer, escribir ni hacer cuentas; aunque toda generalización es chocante y hasta carente de toda metodología, me parece que no es el caso, pues como el mismo Meyer señala, poco menos del 9% de la población mexicana mayor de 15 años es analfabeto. Y a menos de que exactamente ese 9% haya sido quien revisó la normatividad electoral, contó las boletas y llenó los formatos, su afirmación carece de toda lógica, sobre todo porque al final, gente letrada y con estudios hizo los cómputos finales, quiénes irremediablemente habrían notado cualquier irregularidad y la habrían hecho pública además. Dando cauce así, a lo que la ley prevé para estos casos. Cosa que, hasta dónde sabemos, no fue así.

Vamos, pues, más adelante, somos intolerantes, antidemocráticos –o ademocráticos si cabe el término-, somos irrespetuosos de las minorías, de la propiedad y del contrincante. Al margen de que aquí sí se incluyó el citado personaje y más allá de si estamos de acuerdo con él o no, lo que me inquieta sobremanera es el tono de resignación de ‘somos así y qué, ya ni modo’. Como gente letrada nuestro célebre magistrado se conforma con señalar la raíz de nuestros problemas y manifestar su desesperanza con respecto a lo que es y será (Sobre la educación de la desesperanza puede consultarse la segunda parte de: Duch, L. (1997). La educación y la crisis de la modernidad. Barcelona: Paidós)

Desafortunadamente tengo que decir que el comentario de Ojesto sólo me revela su individualismo, su falta de solidaridad y, sin que suene a cliché, su falta de amor por este país que tanto le ha dado ($$). Es decir, quizá sí nos falte educación al respecto, quizá sí tenemos que reforzar nuestra actitud democrática, nuestros valores cívicos, es más, seguramente lo necesitamos, pero la crítica implica compromiso y el señor Ojesto ha mostrado serlo todo menos una persona ética. Si el pueblo mexicano ha sido tradicionalmente sobajado, subvalorado y mirado con desprecio ¿no sería tiempo ya de cambiar esa relación y, para comenzar, él, una persona letrada y de altos niveles intelectuales, para continuar con ese proyecto?

Desde la comodidad que le da su posición el señor Ojesto critica, sí, y bienvenida su crítica, sin embargo, subrepticiamente él mismo da gracias al aguantador pueblo mexicano, porque sabe bien que esa inmovilidad que a veces nos caracteriza es la que le garantizó su enorme salario y también su tranquila vejez. En otras condiciones, en otro país, él seguramente estaría quizá hasta recluido en la cárcel o bajo un severísimo escrutinio público. No nos confundamos, esa actitud sólo revela una oligarquía mezquina, intolerante, excluyente, abusiva y, hay que decirlo, grosera. Una oligarquía que culpa a los demás, pero jamás se compromete con ellos. Una oligarquía que señala, pero nunca dice ‘hagamos’. Una oligarquía demagógica, minadora del espíritu o, como decía nuestro estimado Javier Vilchis, criminal:

Pero los criminales más aterradores son algunos políticos, o los directivos de altos niveles ya que son los responsables de crear las condiciones necesarias para que cada individuo, o cada ciudadano pueda por su esfuerzo lograr su desarrollo profesional y personal. Estos sujetos, cuando llegan al poder, en lugar de tener una actitud de servicio a la comunidad o a su país, les interesa únicamente su comodidad y el privilegio que les confiere su posición. Son siempre, demagogos, que se la pasan criticando, quejándose y combatiendo a sus rivales políticos en lugar de dialogar con la oposición para llegar a un acuerdo de un plan común de desarrollo del país, políticos prepotentes que solamente admiten en los puestos claves a sus familiares, compadres y amigos lambiscones, gente inculta que no tiene ningún tipo de preparación para el puesto que desempeña, pero que les son incondicionales, estos políticos son indudablemente en gran medida responsables de nuestro subdesarrollo (Vilchis, J. (2005, junio-julio). Criminales espirituales y resentimiento autócrata. Razón y Palabra, 45, Recuperado el 1 de agosto de 2005, de http://www.razonypalabra.org.mx/anteriores/n45/jvilchis.html)

El mismo Lorenzo Meyer hace una revisión histórica muy profunda sobre esta relación de subordinación y del constante minar al espíritu del mexicano. Ni hablar, así ha sido, pero eso no significa que deba continuar. Y, evidentemente se trata de un problema de educación, no de escolarización, pues como Meyer señala al final de su texto:

¿Y la India?
La tesis de Ojesto, tal y como la reportó la prensa, explicaría el desastre que fue la elección del año pasado y entonces lo que tendríamos que comprender y explicar no son las cifras oficiales de la elección, sino las de la educación. ¿Cómo afirmar que el pueblo mexicano no sabe leer, escribir o sumar si los documentos del gobierno nos dicen lo contrario? Según las estadísticas públicas, al iniciarse el siglo XXI, apenas el 8.6 por ciento de la población mexicana de 15 años o más no sabía leer y escribir y, lógicamente, tampoco sumar. De acuerdo con este ex magistrado, los mexicanos, además de incapaces con letras y números, tampoco tenemos idea de qué es la democracia. Sin embargo, las encuestas de Latinobarómetro muestran que en el 2005 el 59 por ciento de una muestra representativa de los mexicanos declaró explícitamente que apoyaba a la democracia como la mejor forma de gobierno, lo que representa 6 por ciento más que América Latina en su conjunto. ¿Será, por tanto, que apoyamos sin realmente saber qué ni a quién?

Pero, ¿qué tan importante es saber leer, escribir y sumar para poder vivir la democracia? Según cifras oficiales, India tiene un porcentaje de su población analfabeta cuatro veces mayor que México -el 35.2 por ciento de quienes tienen 15 años o más de edad-, pero resulta que ese país es una democracia política efectiva desde que ganó su independencia en 1947. Y pese a su pobreza y analfabetismo, en 1977 el Partido del Congreso, que había dominado la política por tres decenios consecutivos, perdió el poder y la alternancia no afectó al sistema político sino que lo reafirmó.

Frente a casos como India o Sudáfrica no se sostiene la tesis cultural de la supuesta "gente de razón" para explicar el problema de la democracia en México. Se puede hacer un mejor diagnóstico partiendo justamente de la persistencia de las excusas culturales para ocultar el fracaso de instituciones y el triunfo de los intereses no democráticos de las élites (Meyer, L., “México y su ‘gente de razón’”, Agenda Ciudadana. Reforma, 28 de junio de 2007).

Eduquémonos y liberémonos, pues, pero no olvidemos que la educación es responsabilidad de todos, por ello es una obligación y un compromiso ético. SI alguien ha sido educado y está en camino de su propia liberación, ésta resulta incompleta si no coadyuva a la liberación de los otros.

Como están las cosas, la escuela ha probado su fracaso como educadora, no necesitamos más escuela, sino más educación. Y está en nosotros hacerlo, comprendiendo a los que no han sido educados y ayudándolos a educarse mientras nos educan a nosotros. Si hemos tenido la fortuna de haber sido educados, pongámonos a trabajar. Una educación solipsista, erudita y exquisita es, por decir lo menos, estúpida. Como decía el apóstol: ‘El que no vive para servir, no sirve para vivir’. Los diagnósticos ya los sabemos, lo que nos falta es trabajar. Eduquemos educando y liberémonos liberándonos. ¿Está en nosotros?

 

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