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El Pleno del Honorable Congreso de la Unión. El actual recinto legislativo data de 1981-82, cuando la Cámara de Diputados abandonó la vieja sede ubicada en la calle de Donceles, en el Centro Histórico de la Ciudad de México que había ocupado desde 1911-hoy sede de la diputación local capitalina. En 1989 un incendio provocó que las sesiones se trasladaran al Centro México Nacional, quedando reestablecida en noviembre de 1992.

 

Bienvenidos una vez más a ExpresANDO. Pido disculpas por el tiempo tardado en renovar este espacio. En mi descargo debo decir que acabo de cambiar de actividad principal y eso ha traído algunos trastornos en mis actividades ya cotidianas. Ello prueba que la educación, más que prepararnos para hacer determinada actividad en específico, debe prepararnos para aprender, desaprender, reaprender y volver a desaprender. Finalmente, y con la reserva del primer término que utilizo más como una forma de exagerar y reflejar la capacidad y para nada el de constituir una ontología, el hombre es una máquina para aprender.

En fin, en esta ocasión me gustaría reflexionar sobre el caso, ya muy llevado y muy traído, del informe presidencial, de lo que sucedió y de lo que podría suceder.

Para empezar y antes de platicar un tanto del espíritu del “Informe”, me parece necesario ahondar un poco más en las entrañas del monstruo. El mexicano, es un sistema político copiado del sistema norteamericano, presidencialista. Digo presidencialista, porque en el sistema norteamericano el presidente asume una doble función, por un lado es Jefe de Gobierno y por otro es Jefe de Estado. Como Jefe de Gobierno está encargado de todas las funciones de despacho de la administración pública, es el responsable máximo de todas las acciones ejercidas por sus ministros y secretarios, pues él los designa. Como Jefe de Estado, encarna la figura que representa la unión de todas las personas, formas de pensar y de actuar –dirían los multiculturalistas, de las diversas Naciones- al interior de su país, como Jefe de Estado es el rector de las relaciones con el exterior y de la unidad al interior.

El sistema norteamericano concentra ambos en la figura del presidente, quien es unidad, pero también administración. El hecho de ser republicano traía como consecuencia el que cualquiera podría llegar a ocupar un cargo de representación popular, es decir, no se trataba de un gobierno exclusivo, como en las vetustas monarquías europeas, sino inclusivo. Al lado de los poderes legislativo y judicial, el poder ejecutivo obtendría el equilibrio necesario para no caer nuevamente en una Monarquía de facto disfrazada de República. La Cámara Alta y la Cámara Baja frenarían las ambiciones presidenciales, discutiendo al interior las leyes y decretos y la Suprema Corte y sus tribunales, serían los encargados de verificar y hacer que la ley se cumpla. Este sistema de división de poderes, ideado originalmente por Locke y formulado finalmente por el barón de Montesquieu, se convirtió en la inspiración para todos los sistemas republicanos formados en los siglos XVIII y XIX, evidentemente el norteamericano fue el sistema que más fielmente lo adoptó y con ello se convirtió, además, en modelo a seguir para el resto de naciones que en esos momentos lograban su independencia.

El resto de países americanos que alcanzaron su independencia copiaron íntegramente el modelo de los Estados Unidos –evidentemente en ello no hay que contar a Canadá, la Guyana Francesa, la Guyana holandesa y algunas antillas que son parte de la Commonweath. En el caso latinoamericano, nuestros países tienen un presidente, una o dos cámaras legislativas y una suprema corte. Bajo la figura presidencial se encuentra el Jefe de Gobierno, pero también el de Estado. Por esa razón el sistema es presidencialista, quiero decir, se encuentra centrado en la figura del presidente, a quien se le deben todos los honores como Jefe del Estado y también todas las exigencias como Jefe de Gobierno. Un solo hombre es la figura central de todo el proceso político, pues por más acotado que esté por los otros dos poderes en cuanto a funciones, nunca lo será suficientemente por las figuras que encarna.

Me explico, a un Jefe de Gobierno se le puede increpar, se puede debatir con él, se puede exigir, pedir cuentas, inquirir. A un Jefe de Estado no, él, como representante de la unidad es intocable, debe ser siempre respetado en exceso por lo que significa, porque se trata de la persona con la que todos nos identificamos, porque siempre está velando por lo intereses de todos.

Entonces, y avanzando hacia el espíritu del “Informe”, en el caso de México, éste está tomado deI informe sobre el estado de la Unión que el presidente de los Estados Unidos está obligado a dar frente al poder legislativo. En México la obligación de rendir un informe de gobierno comenzó con el primer presidente, Guadalupe Victoria –José Miguel Ramón Fernández Félix-, quien estaba obligado a presentarlo de manera oral anualmente al congreso. Ya a mediados del siglo XIX, Benito Juárez considero que dicho informe debería ser presentado de manera escrita ante el congreso. La lógica de Juárez parecía sensata: Las palabras se las lleva el viento.

Así, la obligación perduró y fue incluida en la Constitución de 1917 –que aún nos rige- y en todas las constituciones estatales. El espíritu de dicho informe es precisamente dar a conocer a los mexicanos, a través de los representantes populares, lo que gobierno realiza. Asimismo, los representantes populares tienen la obligación de analizarlo, evaluarlo y llamar a cuentas a cada uno de los encargados de despacho. El presidente pues, por el artículo 69 se obliga a:

Artículo 69. A la apertura de Sesiones Ordinarias del Primer Periodo del Congreso asistirá el Presidente de la República y presentará un informe por escrito, en el que manifieste el estado general que guarda la administración pública del país. En la apertura de las sesiones extraordinarias del Congreso de la Unión, o de una sola de sus Cámaras, el Presidente de la Comisión Permanente, informará acerca de los motivos o razones que originaron la convocatoria.

En esos escasos tres renglones se mantiene la idea de informar al pueblo del estado de la administración pública, aunque ciertamente el artículo está centrado más en las actividades del congreso que en las obligaciones del presidente.

La apoteosis priísta de los cuarenta, cincuenta, sesenta y setenta, convirtieron a ese día de apertura de sesiones en una fiesta. En algunos momentos inclusive el día era feriado, no se trabajaba, los niños no asistían a clases, pues el país se paralizaba para rendirle pleitesía al rey por seis años (Desde 1948 se transmite el informe presidencial por televisión). Los congresistas acababan con las manos entumidas de tanto aplaudir, el país se desvivía en elogios para ese prócer que ocupaba el cargo de presidente y que, pese a todo, graciosamente nos informaba de lo bien que iban las cosas. Piénsese por ejemplo en informes tragicómicos, como el de José López Portillo de 1982; trágicos, como el de Miguel de la Madrid cuando lo interpela Muñoz Ledo en 1988 e hizo que verdaderamente se cayera el sistema; de risa loca, como el de Fox con orejas de burro hechas con boletas electorales con Salinas; esperanzadores, como la contestación de Porfirio Muñoz Ledo al cuarto informe de Ernesto Zedillo; reflexivas, como la contestación de Carlos Medina al quinto informe también de Zedillo; deprimentes, como los últimos dos de Fox.

Por eso, cuando escucho o veo a nuestros brillantes analistas decir que el modelo está agotado, me parece una verdad de Perogrullo. Claro que está agotado, pero lo seguirá eternamente si no nos deshacemos del burdo sistema presidencialista. El problema no está en cambiar el formato, el problema está en la reforma del Estado. Investido como presidente de la república, esa persona tiene el honor de ser el Jefe del Estado Mexicano, al presidente no puede increpársele, al contrario, el problema está, empero, en que en qué momento deja de ser Jefe de Estado y es Jefe de Gobierno. La solución, pues, no está en hacer un formato dialógico, sino en cambiar la estructura toda. Me gustaban mucho los debates de Tony Blair con el Parlamento, lo mismo los de Josemaría Escrivá, digo, Aznar con la Cámara de los Diputados.

El Jefe de Gobierno está obligado a responder ante el poder legislativo, a asistir cada vez que sea requerido, a ser visto más como un igual que como un superior.

Nuestro Jefe de Estado, en el mismo sentido y espíritu, debe rendir un informe de labores al Congreso, participar de la vida pública, ser la voz del país en el exterior, buscar mecanismos para fomentar la unidad, la comprensión y la cohesión de todos los mexicanos. Su puesto no sería administrativamente político, sino simbólico, pero con una fuerte presencia en cuanto a las necesidades y agenda del Estado. El reto, evidentemente es encontrar a alguien lo suficientemente digno, honrado y respetable para ese puesto, sin embargo, tengo a algunos candidatos.

Ahora que, si no tenemos un rey que pueda ser el Jefe de Estado por derecho divino, pues pensamos en un sistema semipresidencial como el francés, en el que el presidente es votado, pero también es votado un primer ministro y ambos llevan la responsabilidad compartida en ciertos asuntos del gobierno y del Estado.

Con ello termino esta pequeña reflexión. No, no he olvidado el asunto de Ruth Zavaleta, el corte de la televisión y el mensaje del 2, pero estoy esperando que se siga destapando la cloaca para tener más y mejores argumentos.


 

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