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Yo,

Anula-

mi

Voto

 


No queremos a ninguno. Voto nulo, como muestra de responsabilidad, de solidaridad y de esperanza que trabaja por un México más justo. Si esto detona un proyecto nacional ciudadano y profundo, aprovechémoslo. México es nuestro, no de los partidos que lo tienen secuestrado. Que no nos dé miedo.

 

Sin dejar de agradecer por toda la ayuda, paciencia y solidaridad de todos los que han apoyado al que esto escribe con las cuestiones académicas y hasta personales como primerísimo punto, regreso a este espacio por un asunto que me preocupa y me ocupa: Las elecciones.

Viví mi infancia en medio del más podrido y corrupto priísmo. Los ochenta y noventa del XX fueron quizá, las dos décadas más complicadas para un PRI que había perdido la brújula, que no se explicaba la doble paradoja de ser revolucionario e institucional. El llamado Ogro Filantrópico se percataba de su propia extinción y de su inviabilidad futura. Nuestra Independencia y Revolución terminaron de manera distinta a cómo originalmente se habían planeado –en el caso de la Independencia las promesas y proyectos, cuestionables o no, de Hidalgo, acabaron en un imperio encabezado por uno de los realistas más duros; en el caso de la Revolución las propuestas de Madero, cuestionables o no, terminaron en el régimen de un partido de Estado que pasó de una dictadura a una oligarquía-, los proyectos iniciados fueron materializados por otros que por más que los compartieran en el discurso a las gloriosas masas, no fue así en los hechos.

Para algunos, el modelo de PRI se agotó en 1968. Quizá el movimiento estudiantil haya sido tan definitorio que consideren que justo con él se extinguieron los ‘valores revolucionarios'. Puede ser indicativo, indudablemente, pero no fue el único ni tampoco el más importante. Como introducción a la globalización, los movimientos estudiantiles se dejaron sentir lo mismo en Europa que en América, con resultados igualmente desafortunados cualitativa y hasta cuantitativamente, sin embargo, considero que podemos ir más allá y pensar, por ejemplo, en el crecimiento económico, en el desarrollo estabilizador, cierta noción de proyecto nacional, la organización de los juegos olímpicos, etc. Para nadie es un secreto que los gobiernos de Díaz Ordaz y hasta de López Mateos, fueron intolerantes y represores con cualquier forma de disenso, cuestiones por las que no fueron juzgados legalmente pero sí popular, moral, históricamente y de alguna manera hemos aprendido de ello. A lo que me refiero, muy en concreto, es a la pérdida de todo ideal moral, ético, de país, entre una larga lista de etcéteras más, en el gobierno de Luis Echeverría. Ese fue el acabose, pues el cambio de ideología propició un aumento brutal de la corrupción, una economía que vino a pique, la represión más cruel y avasallante con movimientos populares, pero eso sí, brillaba cual sol al asilar a la esposa del depuesto Salvador Allende, así como a otros líderes socialistas y defender a capa y espada a Fidel Castro; mientras un importante grupo de empresarios mexicanos lo despreciaban absolutamente por su hipocresía, superficialidad y nacionalismo de paja. Cómo olvidar su sueño de opio de ser ganador del premio Nobel de la Paz o secretario general de la ONU o su idea de encabezar a los países del Tercer Mundo –cualquier cosa que eso signifique- y hasta los rumores, confirmados, reconfirmados y desautorizados, de que formaba parte de la CIA.

De ahí para adelante la historia la conocemos: José López Portillo, el administrador de la abundancia que terminó vapuleado cual el perro que él mismo quiso ser defendiendo al alicaído peso. Corrupción galopante, economía deshecha, país en crisis, escasez de alimentos, un gobierno inoperante, terriblemente burocratizado y torpe, entre muchas, muchas más cosas, fue su legado, el orgullo de su sexenio. Luego, el renovador moral, Miguel de la Madrid, más conocido ahora como el arrepentido del arrepentimiento por su patética historia de la entrevista con Carmen Aristegui donde se desdice de que fue un enorme error señalar a Carlos Salinas como su sucesor, cosa que, por lo demás, muchos mexicanos sabíamos desde 1982 y que, tontamente, muchos comunicadores tomaron como bandera para seguirse burlando y enjuiciando a Carlos Salinas sin tomar en cuenta que el responsable es él, De la Madrid y que antes que Salinas, es al exdirector del FCE al que hay que juzgar.

De Carlos Salinas, se ha escrito y dicho tanto, que simplemente quiero ahorrar el espacio y el tiempo. Baste decir, sin embargo, que sigue siendo una referencia imprescindible en la política mexicana, una especie de presidente vitalicio de la oligarquía –conste que dije oligarquía, no me referí al PAN, PRI, PRD, etc.- y un personaje que pasa de ser héroe a villano a cada instante. Su liderazgo es incuestionable y la escuela de políticos que a su sombra crecieron y hoy ocupan los puestos más encumbrados de su Nomenklatura y están en todos los frentes, se saben en deuda con él. Los salinistas son un grupo fuerte y por más distanciados que estén de fuerza política legal, su ideología converge en cuanto el jefe les llama. Ahí es donde está su lealtad e interés.

Ernesto Zedillo es quizá el politecnócrata más inocentemente perverso que uno podría imaginar. Presidente por dos desgracias, como atinadamente le señaló Diego Fernández de Cebollas, se convirtió en el paladín de la democracia y en el aliado silencioso y más efectivo que han tenido el PRD y la dupla, en ese entonces feliz, Cárdenas-López Obrador. El filioneoliberal, visionario y, como decía el superpoderoso secretario particular de Salinas, inteligente y rápido para aprender, práctico economista, logró sortear la crisis de la que nadie se quiere hacer responsable, pero que estalló en aquel fatídico diciembre de 94. Como buen tecnócrata que mira con desdén a cualquier ideología política considerándola estorbosa, tendió puentes y trabajó con pragmatismo con aquellos que quisieron -¿o lo correcto sería decir soportaron?- sus condiciones. Revolucionario de aquel 68, pero formado finalmente en una de las universidades claves de la ideología de derecha de los Estados Unidos, como los es Yale, es quizá de los pocos expresidentes que pueden caminar por la calle relativamente tranquilos. Al final, su cercana relación con los Estados Unidos y el extraordinario manejo de la economía por parte de Clinton, lo llevaron a dejar la economía mexicana con un crecimiento de 7% en el 2000 y, sobre todo, mantener a raya a los priístas que no podían creer que Fox hubiera ganado. Hoy Zedillo vive lejos, hace trabajo académico y vive de dar clases y conferencias, del PRI ni se acuerda.

Pero es justo aquí donde empieza la reflexión. Yo no voté en el 2000, pero no puedo dejar de admitir que confié en él, que me sentía feliz de que la culminación de mis estudios universitarios coincidiera con ese momento histórico en el que el PRI se fue. Recuerdo bien la noche del mítico 2 de julio a la gente en las calles, los coches dando la vuelta con banderas de México y a los medios anticipando que Fox ganaba. En los primeros meses de ese 2001 hice un viaje a Europa, de mochilazo, la mejor forma de viajar, y recuerdo que éramos las estrellas del mundo, la gente me preguntaba por el hecho, los mexicanos que estaban allá se alegraban, los sudamericanos que encontraba me decían que éramos el modelo a seguir. Recuerdo también a ese Fox en el Angel, celebrando la victoria al lado de miles de mexicanos que creían en él y en lo que representaba, con una frase, que después me percaté que era de los cristeros, pidiendo seguirlo si avanzaba, empujarlo si se detenía y matarlo si retrocedía.

Todo eso se acabó. El gobierno de Fox resultó el fruto más acabado del gatopardismo político: ‘Cambiar para que nada cambie'. La desigualdad creció, la corrupción aumentó y algunos ciudadanos con una reputación a toda prueba que le acompañaron en la campaña, hoy son personas francamente deleznables, pienso en Santiago Creel por ejemplo. Fox nos robó la esperanza, la esperanza que trabaja, la esperanza como posibilidad, la esperanza como realidad alcanzable. Su falta de carácter, los negocios turbios de Martita y sus angelitos, el cochinero en muchas elecciones estatales, el desafuero a López Obrador, los panistas célebres como algunos gobernadores que solapó y encubrió, así como el abandono de las causas que lo llevaron a la presidencia. Recuerdo que Lorenzo Meyer decía en los primeros meses, el viejo régimen para referirse a toda la época del PRI y, el nuevo régimen, para referirse a los nuevos tiempos que más que del PAN eran de la democracia. Hoy todo se perdió.

¿Y el señor López? Andrés Manuel López Obrador pudo ser una opción viable, pero tampoco es confiable. El problema de AMLO, por más que lo diga, es que no es la cabeza de un movimiento, sino el movimiento mismo y ya no podemos seguir siendo rehenes de caudillos. Su proyecto es necesario y es también justo darle espacio, pero es insostenible por extremista –que no radical, pues necesitamos personas radicales, en su sentido más puro del término que es como lo entiende Paulo Freire-. Hay muchas dudas sobre los votos que le hicieron no ganar las elecciones, indudablemente, pero la forma de responder contra lo que puede ser un fraude electoral no es así, me parece que podemos ser más inteligentes y, además, más persuasivos. Las escenas de Clara Brugada y Rafael, el juanito, Acosta en Iztapalapa son, para decir lo menos, tan descorazonadoras como patéticas. No confío en López Obrador porque ha mentido, porque dice las cosas a medias, porque si bien ha dado muestras de querer acabar con una plutocracia que en su estupidez ha olvidado que de nada le servirá tener todo y 100 millones de mexicanos nada, sigue rodeado de los Bejaranos, los Imaz, que su intolerancia olvidó que no se trata de que llegué él, sino un proyecto que busque justicia y equidad, que su irresponsabilidad para poner a pelear a los demás sin medir las consecuencias puede llegar a ser fatal. ¿Y los Chuchos? Bueno, ellos son de risa loca. Timoratos, pusilánimes, pragmáticos a decir basta, poco visionarios, irresponsables, hipócritas, chabacanos.

Pero, contra todo, le sigo apostando a la democracia, me parece que es el mejor de los mundos posibles. Abstenerse en las elecciones de julio no es una opción para alguien que busca construir, al menos, un lugar menos malo. Pero no hace falta ser genio ni un acabado analista político para sentir la más absoluta repulsión contra todos los políticos. Tienen que entender que no es contra la democracia contra lo que nos expresaremos los que anularemos el voto, sino contra las reglas que n ellos nos han impuesto para esta democracia. Es oprobiosa, majadera, denigrante, inmoral, la cantidad de dinero que los partidos dilapidan en sus campañas mientras mucha gente, ya no digamos que muere de hambre, como todos señalan, sino la falta de drenaje, de agua potable, de calles pavimentadas y de recolección de basura de cualquier colonia o sector popular del país. Ya basta. Anularemos el voto porque es la última oportunidad que les damos, anularemos el voto como advertencia amigable –friendly reminder, en inglés-, de lo que puede llegar a suceder si so empiezan a hacer algo por los que menos tienen. Caray, por su propia conveniencia, por favor arréglense la corbata y pónganse a trabajar. Una democracia efectiva no tiene porque ser estratosférica en términos económicos, sobre todo porque más allá de las leyes que deben existir y que deben ser muy claras, sabemos que si hacemos las cosas mal, no va a haber viabilidad para nosotros mismos en el futuro. Y si nuestros geniales legisladores no han imaginado cómo podría ser una democracia asequible y efectiva, que se quiten, porque tenemos muchos mexicanos, de a pié, que sí podemos hacerlo. Ya estamos hartos de la partidocracia que ha secuestrado a nuestra democracia.

El señor Alejandro Martí llama a no anular el voto, a cambiar los votos por hojas de compromisos. Pobre, me asombre su ingenuidad. Al día de hoy, el que más firmas tiene es ¡¡el partido verde!! Sí, ese que propone pena de muerte a secuestradores, vale para cambiar medicinas y clases de inglés y computación en las escuelas. Un partido que no tiene credibilidad, que es una franquicia en poder de los González Martínez, que ha quedado demostrado hasta el cansancio qué hacen con el dinero público. Como dice Barbara Cassin en el libro, interesante, sobre Google cuando señala la ideología y los intereses económicos de Google: no es imposible ver coincidencias, pero es obsceno pretender que no es una coincidencia.

Queremos cambiar las cosas, queremos partidos más incluyentes, queremos candidaturas independientes, queremos que el voto nulo cuente como una forma de presión a los candidatos cuando éstos no nos resultan como elegibles, queremos que nuestra democracia cueste menos, queremos un país mejor y con menor desigualdad. Me asombra ver como personajes de Jaime Cárdenas, aspirante a legislador por el PT, dice que toda esta campaña del voto nulo está siendo orquestada por los medios como forma de venganza por lo que hicieron en el COFIPE. Eso sólo me da risa y, a la vez, coraje, porque es justo ese tipo de legisladores y políticos a los que queremos desterrar. Otra vez, no es descabellado que haya más intereses que los de mejorar al país y que la presión de anular el voto sea un medio para conseguir otros, inconfesables o corporativos, pero todo este ejercicio, parte del ciudadano de a pié que no se va a dejar ya de los poderosos. He ahí su importancia y también su fuente de energía. Se equivocan los que ven en este movimiento una forma de desestimar o reventar a la democracia, al contrario, es una forma más profunda de legitimarla, creer en ella y en nosotros.

Para los que estamos en la academia, particularmente la que trata de acercarse a la industria y a la práctica y no vive aislada o satanizando todo lo que se hace afuera, y que vemos cómo poco a poco nuestros alumnos y exalumnos consiguen empleo y se desarrollan, sabemos que una persona con ese razonamiento no sobreviviría mucho en una empresa ni tampoco trabajando en la suya. Quisiera ver cómo personas del tipo Pablo Gómez, a quien por lo demás admiro por su lucha e idealismo en el movimiento del 68, puede conseguir y mantener un empleo. Ellos no saben, o en el mejor de los casos ya lo olvidaron, andar a pié, no tener agua ni drenaje, aguantar el metro a medio día, rifársela entre los coches para poder comer algo o muchas, muchas cosas más, como decía mi estimado maestro, el doctor Javier Vilchis, quieren vivir pensando como Carlos Marx, pero viviendo como Carlos Slim. Ya, esto tiene que cambiar. Hay que ganarse las cosas, por eso voto y defiendo el voto nulo. Y si al final, esa oligarquía y esa plutocracia no entienden que nosotros ya no somos los mismos, tendremos que pensar en formas más inteligentes aún para cambiarlos o para quitarlos.

Para muestra basta un botón: A media tarde del 23 de junio, el diario Reforma refiere que, después de una entrevista con la candidata del PSD a delegada en Cuajimalpa, Gilda Ferriz de Con, decidió declinar a favor de Carlos Orvañanos del… ¡¡¡PAN!!! Para ser más claro, el PSD, que se presenta como un partido de izquierda moderna, que busca recuperar las ideas y formas de los partidos europeos de izquierda, ha gritado a los cuatro vientos estar a favor de una legalización de las drogas –“Porque las cosas no se solucionan a balazos”-, estar a favor de la legalización del aborto –“Para que ya no haya mujeres muertas por practicarse abortos clandestinos”- y de varias ideas de ese tipo, postuló a una candidata que declina por otro candidato cuyo partido ha emprendido una feroz lucha contra el narcotráfico y ha repetido un día sí y otro también que jamás negociará con ellos, que condena la legalización de las drogas –para mayor muestra se puede ver Reporte Indigo de estas últimas tres semanas y el caso Mauricio Fernández Garza, candidato a alcalde de San Pedro, Nuevo León-, que sistemáticamente se ha manifestado contra el aborto y que tradicionalmente ha estado en el espectro ideológico de la derecha, con algunos atisbos de ultra. ¡La mejor muestra de cómo están las cosas en México!

¿Y de verdad todavía se atreven a preguntar ‘Por qué'? Son las leyes, estúpidos.

 

 

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