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Robo
sin
Violen-
cia, una
Expe-
riencia

Fenómeno complejo, sobre el que no hay que dejar de discutir. Si bien la responsabilidad de quien lleva a cabo la acción nunca debe dejar de ser eludida, lo cierto es que todos somos corresponsables del fenómeno. Necesitamos algo más que manifestarnos y rayonear franquicias de hamburguesas para expresar nuestro descontento, es necesario ser imaginativos y proponer nuevos modelos socioeconómicos.
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Bienvenidos a una sesión más de ExpresANDO.
Como ya es una –desafortunada- costumbre en este espacio, inicio pidiendo perdón por la constante y atinada actualización de este sitio –no sé si el autosarcasmo resultó lo suficientemente evidente-. Hay una explicación, evidentemente, que no pretende ser justificación, sin embargo, hago público que he vivido algunos cambios importantes en mi vida profesional y hasta personal a partir del segundo semestre de este año y la curva de aprendizaje ha resultado enriquecedora, pero terriblemente abductora de tiempo.
En fin, en este cierre de un, me parece, un año bastante productivo y enriquecedor –que pudo haberlo sido más sin embargo-, quiero compartir con ustedes y pedirle también su punto de vista sobre un incidente que me sucedió dos días antes de navidad justamente y que me hicieron vivir algunos momentos en los que oscilaba de la profunda tristeza al más profundo deseo de venganza de cualquier forma posible. Es una historia verdaderamente complicada, quizá aún no me he liberado de alguno de esos sentimientos, así que pueden estar leyendo mi terapia en vías de la superación. Me causa algo de pena para su tiempo que sean mis terapeutas, pero también no deja de alegrarme que al leer esto puedan compartirme sus opiniones. Ni modo, allá ustedes si deciden seguir.
Pues bien, resulta que el auto de mi novia tiene desde hace algún tiempo un problema que hace que tienda a apagarse –y en algunos casos de plano se apague- en plena marcha. Por supuesto eso nos ha causado muchos dolores de cabeza. Aun cuando no sé mucho de mecánica, me apasiona, provengo de una familia en cuya cabeza existe alguien que estudió ingeniería mecánica y los automóviles le causan admiración y sigue al llamado ‘mundo motor' con cierta regularidad. Así que me fue inculcado desde niño el gusto por los fierros y todo lo que tenga que ver con ellos. Recuerdo mucho la imagen de mi padre desmontando de motor de nuestra vieja y heroica VW Combi Camper 1980 en pleno patio de la casa. Ya más grande, recuerdo los arreglos a mis primeros coches –dos aguantadores y muy bonitos Renaults, un Encore y un R18-, así como uno que otro arreglito a los coches más modernos de mi madre y hermana.
Regresando al punto del coche que falla, en verdad me preocupaba ese asunto. Desde el principio me sonó a problema de índole eléctrico, por lo que revisé terminal por terminal en el interior por aquello de los falsos contactos. Nada, la falla continuó. Revisé entonces el motor, quité cada terminal, con un pequeño tanque de aire, le echaba un poco y la volvía a conectar; lo hice con cada inyector, el sensor del aire, el cable del distribuidor, los cables de las bujías, etc. Al final, el problema se resolvió, el coche se arregló, durante 3 meses no volvimos a sentir esa estresante experiencia de sentir que el coche se apagaba a la mitad de una avenida o en una subida o en un glorioso tope. Todo esto fue en el verano de este 2007. El problema está arreglado, pensé, mi corazonada no andaba tan mal, fue un falso contacto y listo. Pero, como he aprendido precisamente durante todo este tiempo, los fierros no tienen palabra de honor y, para noviembre, otra vez estábamos igual. Bueno, un contacto está flojo y se está desconectando, pensé, bastará con volver a hacer lo mismo y listo. Pues lo hice y nada, no pasó nada, el coche seguía fallando.
Empecé a descartar cosas. Seguía pensando que la cosa era eléctrica, así que, dado el maravilloso empeño, cuidado, dedicación y compromiso de los instaladores de alarmas –sigo con los sarcasmos-, me fui sobre una gloriosa alarma marca Razor instalada en el auto en cuestión. Que alarma tan chafita, estará pensando, y sí, lo pienso también. Sólo que ese coche perteneció a una tía mía, fallecida hace casi dos años, quien compró el coche originalmente y lo armó con todos los dispositivos de seguridad posibles debido a que fue víctima de robo de su VW Sedán en la mismísima puerta de su casa. Por cuestión de fondos no le pudo poner algo de más, digamos, calidad, prefirió ponerle un trabapalancas y protecciones a los espejos.
Entonces, tuve la feliz ocurrencia de quitarle la caja de la alarma. Ahora me pregunto si mi razonamiento fue el correcto, no sólo por lo que pasó, sino porque lo que corta el switch de encendido cuando se activa la alarma no está en la caja, sino en un relevador seguramente también chafísima que está en la línea de arranque. El problema, probablemente, no era la caja, sino el relevador. En fin, la cosa es que desconecté la alarma y le dije a mi santa novia “Probémoslo así”. Y salimos a hacer unas compras navideñas.
Dentro de esas compras navideñas había unas partes del coche. Resulta que mi querida novia había roto el espejo exterior derecho con el marco de su reja al sacar el coche de su casa –sí, es mujer, pero considero que es precavida para manejar, a veces hasta demasiado. Su padre, curioso ingeniero también, trató de arreglárselo e hizo una reparación casi perfecta, porque acomodó el espejo en su lugar, pero debido a que los brazos de movimiento se rompieron, al menor bache, el espejo cambia de posición. Es un tanto molesto e inseguro, sobre todo para los que estamos acostumbrados a manejar con los tres espejos, así que mi novia planeó cambiar ese espejo por uno nuevo en diciembre.
Fuimos entonces a la refaccionaria. Una especialista en Chevy, porque ahí se podía conseguir y de paso preguntaríamos por el detalle de la marcha en el taller. Allá íbamos, mi novia, este que les escribe y el Chevy desalarmado. Aquí comienza el clímax de la historia. “Esta avenida es muy concurrida”, pensé, “el menor hueco es lugar para estacionarse”. Unos 20 metros antes de la refaccionaria vi un espacio vacío. “Listo, nos estacionamos aquí, vemos el espejo y preguntamos en el taller”. Nos estacionamos.
Bajamos del coche, lo cerramos con seguros manuales y nos dirigimos a la refaccionaria. La refaccionaria está en a siguiente esquina. Preguntamos por el espejo, lo pedimos, lo pagamos, nos lo entregan, nos asomamos al que hasta hace algún tiempo era el taller y estaba cerrado. Regresé a la refaccionaria “El taller está cerrado ¿verdad?” “No, el taller está a media cuadra hacia adentro, ya no está aquí” “Ahh, gracias”. Allá vamos al taller. Fuimos al taller, preguntamos, nos contestan que necesitan revisarlo y que sí pueden arreglarlo. Que lo llevemos temprano y muy probablemente podrían entregarlo en la tarde. “Gracias, lo traeré después de navidad”. Regresamos, damos la vuelta en la esquina, nos dirigimos al coche, nos acercamos, estamos frente al coche y vemos la puerta del lado derecho mal cerrada. “Dejé la puerta mal cerrada… mmhhh… No, trataron de abrirlo… No, nos lo abrieron… Se llevaron el radio”.
Cómo explicar lo que sentí. Usado, abusado, traicionado. Lo único que atiné a hacer fue Inmediatamente encender el coche e irnos a todo galope de ahí. Mi novia lloró, se enojó, dijo unas palabras muy largas, después volvió a llorar, después comenzó a decir que que bueno que sólo había sido el radio, que estábamos bien, etc. El radio en cuestión tiene una historia especial, se lo regalé con mis primeros salarios como profesor del Tec. Es –era- un radio Panasonic con lector de archivos MP3, de 200 watts, de carátula desmontable, que sonaba bien y que hacía más placentero el camino de un coche sin dirección hidráulica, ruidoso, inseguro, no muy ágil, pero simpático, manejable, confiable y barato de mantener.
¿Qué hacer ahora? Pues ir inmediatamente a arreglar la puerta, doblaron el marco de la ventana para botar el seguro. El hojalatero se solidarizó con el suceso y decidió darme un descuento del 35% del precio original, previo “Hijos de la…, que poca…, no se vale”. Al final dejó bien la puerta que es lo que nos importaba.
Todo este me dejó pensando varios días. Me hizo sentir no muy bien la navidad, inclusive. ¿Qué hacer? ¿Qué pensar? ¿A dónde ir? ¿Qué conclusión sacar?
El problema es más complejo de lo que puede pensarse. Va más allá de levantar una denuncia de robo, hacer una investigación profunda, dar con los responsables y encarcelarlos –en el supuesto caso que el sistema judicial de nuestro país dé para tanto. Cuántas repeticiones de este fenómeno se están repitiendo en estos momentos que escribo y en este momento en el que están leyendo no sólo en México, sino en el mundo entero. Me parece, entonces, que no es un hecho aislado, no se trató de mala suerte pues, sino es reflejo de algo más profundo, que inclusive es posible verlo en otras ciudades del mundo.
No es justificación, de ninguna manera. Es muy cómodo decir que ‘no me quedó de otra porque no hay trabajo', pero lo cierto es que el sistema económico que actualmente nos rige suele ser muy ingrato, cambiante y poco amigable con todos. No soy globalifóbico, de hecho tiendo a rechazar a los tristemente célebres manifestantes que destruyen todo a su paso sólo para dejar constancia de su crítica al neoliberalismo, cuando lo que hace falta es trabajar en soluciones y no tomar calles y destruir pseudorestaurantes de comida rápida, sin embargo, comparto la visión crítica del actual sistema económico por una sencilla razón: es excluyente. Me explico, procura el individualismo y no la cuestión comunitaria, es decir, prioriza el proyecto personal sobre un proyecto de índole más común y aquí es donde no estoy de acuerdo porque normalmente los proyectos individuales suelen ser más radicales y excluyentes que los de grupo.
Pueden verlo inclusive en el robo que motiva esta edición, lo que estuvo en juego fueron dos proyectos individuales que finalmente chocaron: Uno que busca sobrevivir dentro del sistema y otro que trata de de hacerlo en su margen y a contracorriente del sistema mismo. Necesitamos un sistema –la anarquía no es opción, definitivamente- mucho más comprensivo, pues encarcelar a los que roban es atacar la consecuencia y la verdad es que necesitamos ir más hacia el origen. El robo nunca será bueno, pero en un sistema más comprensivo, en el que quepamos más y mejor con la idea de un proyecto común, aquel que robe estará cayendo en una actitud simplemente injustificable, por lo que la idea tampoco sería castigar, sino reeducar y si de plano ni así, pues tendremos que separar.
Nunca dejaré de creer en la natural bondad humana rousseauniana. Sigo considerando que así es y que lo único que le hace falta es educación que la afirme y le dé sentido, pues la naturaleza humana tanto tiende a la bondad que puede volverse mala. Categórico lo digo: la solución es educación, que no escolarización. Más allá de modelos económicos impuestos, la solución está en mirarnos reflejados en el otro, en que el proyecto no puede ser sólo mío o tuyo o de unos cuantos, sino de todos en conjunto, por lo que no podemos excluirnos, nadie debe quedar fuera.
Así que hemos concluido que la venta ilegal de ese radio puede significar un regalo de navidad de un niño. Con eso nos quedamos, quizá sea autojustificarnos, pero preferimos pensarlo así. Ello, para finalizar, no le quita lo deleznable al acto, tampoco evidencia la injusticia del sistema económico-político-social actual. Sin duda podríamos encarcelar a todos esos ‘delincuentes', pero ¿y…? ¿Qué ganamos con eso? Es decir ¿les damos un proyecto de vida distinto al encarcelarlos? No, al contrario, sobre todo por nuestro deprimente y putrefacto sistema carcelario, perdón, de readaptación social. Alguna vez leí en la revista Letras Libres un ensayo que comparaba el sistema de justicia norteamericano y el europeo y recuerdo que uno de los puntos centrales del ensayo era la concepción de interno en ambas sociedades, pues mientras en la norteamericana cada reo constituía un triunfo del sistema de justicia y de la sociedad en general, en Europa cada reo significa un fracaso de la sociedad en general. El autor no lo recuerdo, pero seguramente era francés o alemán, hasta inglés quizá, lo buscaré. Me pareció muy interesante ese punto de vista. Lo triste es que en México no es ni lo uno ni lo otro.
En fin, no me queda sino desearles unas felices fiestas de fin de año y un excelente 2008.
Felicidades
PS: Finalizando este texto me enteré que AOL dejará de seguir mejorando el entrañable Netscape Navigator. Es una lástima, desde que me inicié en Internet el Navigator ha sido mi NAVEGADOR. La gente de AOL sugiere moverse a Firefox. Eso haré. Como sea, visitar sitios web seguirá llamándose navegar y no explorar, he ahí su legado.
Agregado el 13 de enero de 08
Durante esta semana laboral (lunes 7 a viernes 11 de enero), el diario Reforma publicó una serie de supuestas cartas escritas por un interno de algún reclusorio del DF y que fueron enviadas a la redacción de dicho periódico. Si bien la redacción, ortografía, coherencia, claridad y orden de ideas de los textos, distan mucho de ser creíbles porque son impecables, lo que importa es lo que se deja ver ahí.
No me sorprendería que algo más que la redacción y ortografía hayan sido modificadas por los editores, quizá se trató más bien de un periodista encubierto o de una investigación periodística al interior del penal, esa conclusión se la dejo a ustedes; empero, la realidad que se refleja ahí es lo verdaderamente importante y de la que no dudo diste mucho de lo que sucede 'un día cualquiera'. Esa, desafortunadamente, es la realidad de nuestro país en cuanto a la readaptación social y al castigo por dañar a la sociedad. Tendríamos que cuestionarnos fuertemente si así como está nuestro sistema de justicia, es pertinente la pertinencia de las cárceles y no alguna forma de resarcimiento.
Como no puedo pegar aquí los textos debido a que la suscripción al Reforma es de paga, me conformo con sugerirles que lo revisen.. El URL es http://www.reforma.com.mx |
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